Sobre roca firme

mayo 27, 2010

Hubo un momento en estas últimas semanas en que incluso la tempestad que arreciaba sobre la Iglesia de repente se calmó. Fue sólo un instante, pero de aquellos que dejan sin habla. De repente, se hizo el silencio. El Papa ha llorado. Fue en Malta, ante algunas de las víctimas de los abusos cometidos. Ellos le mostraban su herida y su dolor, él les abrazaba con todo su peso, asumiendo sobre sí, de alguna manera, el misterio del mal hasta el fondo. Hasta las lágrimas. En ese momento incluso los medios más agresivos no han podido más que quedarse atónitos. Por un instante. El día después estaban –y estábamos– ya ocupados con otras cosas, dispuestos a reducir, censurar y olvidar.
¿Qué se vio en ese momento? La humanidad paterna de Benedicto XVI, sin duda. La sensibilidad y la hondura de un alma que muchos se obstinaban aún en negar y que afloraba con toda su estatura. Y también su coraje. Porque hace falta mucho valor para estar frente a los que han sufrido tanto por culpa de tus hijos. En un instante el Santo Padre nos enseñó todo esto. Pero además es preciso comprender hasta el fondo todo lo que sus lágrimas han generado: una paz impensable en las propias víctimas. Lo podemos leer en este número de Huellas. Parecía imposible, y sucedió. ¿Por qué?

Porque ese gesto del Papa es mucho más que la conmoción de un hombre. En esas lágrimas está el corazón de Cristo que se entrega conmovido por el destino del hombre. Ser cristiano no es cumpliruna serie de leyes o buenas acciones. El cristianismo es un hecho que sigue presente, una relación y un abrazo inconfundibles. Es una misericordia misteriosa y desbordante que abraza al hombre. El abrazo de una Presencia que desborda toda medida humana, cuyo nombre es Jesucristo.
Julián Carrón lo recordaba en los Ejercicios de la Fraternidad: «Si el acontecimiento de Cristo cristaliza en doctrina, se reduce a una ética o a un espiritualismo, pierde su capacidad de despertar todo lo humano, y por tanto de sostenernos ante el reto que suponen las exigencias humanas más verdaderas. Si no fuera por su pasión por Cristo, el Papa no podría mirar a la cara esta situación dramática sin ceder al miedo por las posibles consecuencias; en cambio, ha podido afrontarla porque se apoya en una certeza, porque está “suspendido sobre esa plenitud” que es la presencia única de Cristo, suspendido sobre esa tierra firme que le permite mantenerse de pie». Y «nosotros podremos mantenernos de pie ante toda la exigencia de justicia, ante todas las exigencias de nuestro yo, sin sucumbir ni reducirlas a las imágenes que nos vienen de los medios, sólo si como él nos apoyamos en la presencia de Cristo. La experiencia de Cristo es decisiva para gozar de toda la amplitud de lo humano. Y esto sólo es posible porque existe el Misterio. Sólo lo divino puede salvar lo humano».

Pedro no es simplemente un símbolo. Tampoco es un objetivo que atacar para sacudirse de encima esa institución anómala que incomoda al mundo con sus pretensiones, ni es un estandarte que defender, según el bando en el que estemos. Pedro es una presencia real que hace presente la compañía que Cristo hace al hombre a lo largo de la Historia. El sucesor de Pedro hace que el cristianismo se pueda vivir por lo que es realmente: una relación dramática con un Tú, con ese Misterio que se conmueve por ti.

Fuente: Revista Huellas, Nro. 5, Mayo 2010

Encuentro con el mundo de la cultura – Portugal

mayo 15, 2010

Queridos hermanos en el episcopado,ilustres cultivadores del pensamiento, la ciencia y el arte, queridos amigos:

Siento una gran alegría al ver aquí reunido el conjunto multiforme de la cultura portuguesa, que de manera tan digna representáis: mujeres y hombres empeñados en la investigación y edificación de los varios saberes. Expreso a todos el testimonio de mi más alta estima y consideración, reconociendo la importancia de lo que hacéis y de lo que sois. El Gobierno, representado aquí por la Señora Ministra de Cultura, y a la que dirijo mi deferente y grato saludo, se preocupa por las prioridades nacionales del mundo de la cultura, con los oportunos incentivos. Doy las gracias a todos los que han hecho posible este encuentro nuestro, en particular a la Comisión Episcopal de la Cultura, con su Presidente, Mons. Manuel Clemente, a quien agradezco las palabras de cordial acogida y la presentación de la realidad polifónica de la cultura portuguesa, representada aquí por algunos de sus mejores protagonistas, y de cuyos sentimientos y expectativas se ha hecho portavoz el cineasta Manoel de Oliveira, de venerable edad y trayectoria, y a quien saludo con admiración y afecto, al mismo tiempo que le agradezco las palabras que me ha dirigido, y en las que ha dejado entrever las ansias y disposiciones del alma portuguesa en medio de las turbulencias de la sociedad actual.

En efecto, en la cultura de hoy se refleja una “tensión” entre el presente y la tradición, que a veces adquiere forma de “conflicto”. La dinámica de la sociedad absolutiza el presente, aislándolo del patrimonio cultural del pasado y sin la intención de proyectar un futuro. Pero, una valorización del “presente” como fuente de inspiración del sentido de la vida, tanto individual como social, se enfrenta con la fuerte tradición cultural del pueblo portugués, profundamente marcada por el influjo milenario del cristianismo, y con un sentido de responsabilidad global, confirmada en la aventura de los descubrimientos y en el celo misionero, compartiendo la fe con otros pueblos. Los ideales cristianos de universalidad y fraternidad inspiraron esta aventura común, aunque también se sintió la influencia del iluminismo y del laicismo. Esta tradición dio origen a lo que podíamos llamar una “sabiduría”, es decir, un sentido de la vida y de la historia, del que formaban parte un universo ético y un “ideal” que cumplir por parte de Portugal, que siempre ha procurado relacionarse con el resto del mundo.

La Iglesia aparece como la gran defensora de una sana y elevada tradición, cuya rica aportación está al servicio de la sociedad; ésta sigue respetando y apreciando su servicio al bien común, pero se aleja de la mencionada “sabiduría” que forma parte de su patrimonio. Este “conflicto” entre la tradición y el presente se expresa en la crisis de la verdad, pero sólo ésta puede orientar y trazar el rumbo de una existencia lograda, como individuo o como pueblo. De hecho, un pueblo que deja de saber cuál es su propia verdad, acaba perdiéndose en el laberinto del tiempo y de la historia, sin valores bien definidos, sin grandes objetivos claramente enunciados. Queridos amigos, queda por hacer un gran esfuerzo para aprender la forma en que la Iglesia se sitúa en el mundo, ayudando a la sociedad a entender que el anuncio de la verdad es un servicio que ella le ofrece, abriendo horizontes nuevos de futuro, grandeza y dignidad. En efecto, la Iglesia tiene «una misión de verdad que cumplir en todo tiempo y circunstancia a favor de una sociedad a medida del hombre, de su dignidad y de su vocación. […] La fidelidad al hombre exige la fidelidad a la verdad, que es la única garantía de libertad (cf. Jn 8,32) y de la posibilidad de un desarrollo humano integral. Por eso, la Iglesia la busca, la anuncia incansablemente y la reconoce allí donde se manifieste. Para la Iglesia, esta misión de verdad es irrenunciable» (Enc. Caritas in veritate, 9). Para una sociedad formada mayoritariamente por católicos, y cuya cultura ha sido profundamente marcada por el cristianismo, resulta dramático intentar encontrar la verdad fuera de Jesucristo. Para nosotros, cristianos, la Verdad es divina; es el “Logos” eterno, que tomó expresión humana en Jesucristo, que pudo afirmar con objetividad: «Yo soy la verdad» (Jn 14,6). La convivencia de la Iglesia, con su firme adhesión al carácter perenne de la verdad, con el respeto por otras “verdades”, o con la verdad de otros, es algo que la misma Iglesia está aprendiendo. En este respeto dialogante se pueden abrir puertas nuevas para la transmisión de la verdad.

«La Iglesia —escribía el Papa Pablo VI— debe ir hacia el diálogo con el mundo en que le toca vivir. La Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio» (Enc. Ecclesiam suam, 34). En efecto, el diálogo sin ambages, y respetuoso de las partes implicadas en él, es una prioridad hoy en el mundo, y en la que la Iglesia se siente comprometida. Una prueba de ello es la presencia de la Santa Sede en los diversos organismos internacionales, como por ejemplo en el Centro Norte-Sur del Consejo de Europa, instituido aquí en Lisboa hace 20 años, y que tiene como piedra angular el diálogo intercultural, con el fin de promover la cooperación entre Europa, el Sur del Mediterráneo y África, y construir una ciudadanía mundial fundada sobre los derechos humanos y la responsabilidad de los ciudadanos, con independencia de su origen étnico o pertenencia política, y respetuoso de las creencias religiosas. Teniendo en cuenta la diversidad cultural, es preciso lograr que las personas no sólo acepten la existencia de la cultura del otro, sino que aspiren también a enriquecerse con ella y a ofrecerle lo que se tiene de bueno, de verdadero y de bello.

Éste es un momento que exige lo mejor de nuestras fuerzas, audacia profética y, como diría vuestro Poeta nacional, «mostrar al mundo nuevos mundos» (Luís de Camões, Os Lusíadas, II, 45). Vosotros, trabajadores de la cultura en cualquiera de sus formas, creadores de pensamiento y de opinión, «gracias a vuestro talento, tenéis la posibilidad de hablar al corazón de la humanidad, de tocar la sensibilidad individual y colectiva, de suscitar sueños y esperanzas, de ensanchar los horizontes del conocimiento y del compromiso humano. […] Y no tengáis miedo de confrontaros con la fuente primera y última de la belleza, de dialogar con los creyentes, con quienes como vosotros se sienten peregrinos en el mundo y en la historia hacia la Belleza infinita» (Discurso a los artistas, 21-11-2009).

Precisamente, con el fin de «infundir en las venas de la humanidad actual la virtud perenne, vital y divina del Evangelio» (Juan XXIII, Const. ap. Humanae salutis, 3), se celebró el Concilio Vaticano II, en el que la Iglesia, a partir de una renovada conciencia de la tradición católica, toma en serio y discierne, transfigura y transciende las críticas que están en la base de las fuerzas que caracterizaron la modernidad, o sea la Reforma y el Iluminismo. Así, la Iglesia, por sí misma, acogía y recreaba lo mejor de las instancias de la modernidad, pero por un lado superándolas y, por otro, evitando sus errores y veredas que no tienen salida. El evento conciliar puso las premisas de una auténtica renovación católica y de una nueva civilización, la “civilización del amor”, como servicio evangélico al hombre y a la sociedad.

Queridos amigos, la Iglesia considera su misión prioritaria en la cultura actual mantener despierta la búsqueda de la verdad y, consecuentemente, de Dios; llevar a las personas a mirar más allá de las cosas penúltimas y ponerse a la búsqueda de las últimas. Os invito a profundizar en el conocimiento de Dios, del mismo modo que él se ha revelado en Jesucristo para nuestra plena realización. Haced cosas bellas, pero, sobre todo, convertir vuestras vidas en lugares de belleza. Que interceda por vosotros Santa María de Belén, venerada desde siglos por los navegantes del océano y hoy por los navegantes del Bien, la Verdad y la Belleza.

Benedicto XVI ante el Santo Sudario

mayo 10, 2010

“…Se puede decir que la Sábana Santa es el icono de este misterio, icono del Sábado Santo. De hecho, es una tela de sepulcro, que ha envuelto el cuerpo de un hombre crucificado, y que corresponde en todo a lo que nos dicen los Evangelios sobre Jesús, quien crucificado hacia mediodía, expiró a eso de las tres de la tarde. Al caer la noche, dado que era la Parasceve, es decir, la vigilia del sábado solemne de Pascua, José de Arimatea, un rico y autorizado miembro del Sanedrín, pidió valientemente a Poncio Pilato que le permitiera sepultar a Jesús en su sepulcro nuevo, que había excavado en la roca a poca distancia del Gólgota. Tras alcanzar el permiso, compró una sábana y, tras la deposición del cuerpo de Jesús de la cruz, lo envolvió con aquel lienzo y lo puso en aquella tumba (Cf. Marcos 15,42-46). Es lo que refiere el Evangelio de Marcos y con él concuerdan los demás evangelistas. Desde ese momento, Jesús permaneció en el sepulcro hasta el alba del día después del sábado, y la Sábana de Turín nos ofrece la imagen de cómo era su cuerpo en la tumba durante ese tiempo, que cronológicamente fue breve (en torno a un día y medio), pero con un valor y un significado inmenso e infinito.
El Sábado Santo es el día del escondimiento de Dios, como se lee en una antigua homilía: «¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y soledad, porque el Rey duerme [...]. Dios en la carne ha muerto y el Abismo ha despertado» (Homilía sobre el Sábado Santo, PG 43, 439). En el Credo, profesamos que Jesucristo «padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos»…

Miércoles de ceniza: “el hombre es polvo, sí, pero amado por Dios”

febrero 18, 2010

 

El Papa presentó el rito de bendición y de imposición de las cenizas como “un gesto de humildad que quiere decir: reconozco lo que soy, criatura frágil, hecha de tierra y destinada a la tierra, pero también hecha a imagen de Dios y destinada a Él.
Polvo, sí, pero amado, plasmado por su amor, animado por su soplo vital, capaz de reconocer su voz y de responderle
; libre y, por este motivo, capaz también de desobedecerle, cediendo a la tentación del orgullo y la autosuficiencia.
Toda la Cuaresma tendrá como culmen la Pascua, basado en la omnipotencia del amor de Dios, en su total señorío sobre toda criatura, que se traduce en una indulgencia infinita, animada por una constante y universal voluntad de vida.
De hecho, perdonar a alguien quiere decir: no quiero que mueras, sino que vivas; quiero sólo y siempre tu bien.
La salvación, de hecho, es don, es gracia de Dios, pero para que tenga efecto en mi existencia exige mi consentimiento, una acogida demostrada con los hechos, es decir, en la voluntad de vivir como Jesús, de caminar tras él.
Seguir a Jesús en el desierto cuaresmal es, por tanto, condición necesaria para participar en su Pascua, en su ‘éxodo’.
Adán fue expulsado del Paraíso terrestre, símbolo de la comunión con Dios; ahora, para regresar a esta comunión y, por tanto, a la verdadera vida, a la vida eterna, es necesario atravesar el desierto, la prueba de la fe. Pero no solos, ¡sino con Jesús! Él, como siempre, nos ha precedido y ya ha vencido el combate contra el espíritu del mal.
Este es el sentido de la Cuaresma, tiempo litúrgico que cada año nos invita a renovar la decisión de seguir a Cristo por el camino de la humildad para participar en su victoria sobre el pecado y la muerte”.

Lourdes: la grandeza de la fe de Bernadita

febrero 9, 2010

El pasado 1 de Diciembre, Benedicto XVI, en su homilía a la Comisión Teológica Internacional, se refirió a la humildad de los pequeños y sencillos en recibir y comprender, mejor que muchos sabios o estudiosos, a la Palabra de Dios hecha carne, es decir, a Jesucristo. Entre ellos, Santa Bernardita Soubirous, la vidente de Lourdes.
Este es un fragmento de su homilía:

“Los hechos esenciales de la vida de Jesús no pertenecen sólo al pasado, sino que están presentes, de distintos modos, en todas las generaciones. También en nuestro tiempo, en los últimos doscientos años, observamos lo mismo. Hay grandes doctos, grandes especialistas, grandes teólogos, maestros de la fe, que nos han enseñado muchas cosas. Han penetrado en los detalles de la Sagrada Escritura, de la historia de la salvación, pero no han podido ver el misterio mismo, el núcleo verdadero: que Jesús era realmente Hijo de Dios, que el Dios trinitario entra en nuestra historia, en un momento histórico determinado, en un hombre como nosotros. Lo esencial ha quedado oculto. Sería fácil citar grandes nombres de la historia de la teología de estos doscientos años, de los cuales hemos aprendido mucho, pero a los ojos de su corazón el misterio no se ha abierto. 
En cambio, también en nuestro tiempo están los pequeños que han conocido ese misterio. Pensemos en santa Bernardita Soubirous; en santa Teresa de Lisieux, con su nueva lectura de la Biblia “no científica”, pero que entra en el corazón de la Sagrada Escritura; y en los santos y beatos de nuestro tiempo: santa Josefina Bakhita, la beata Teresa de Calcuta, san Damián de Veuster. Podríamos citar muchísimos. 
De todo esto surge la pregunta: ¿Por qué es así? ¿Acaso el cristianismo es la religión de los necios, de las personas sin cultura, sin formación? ¿Se apaga la fe donde se despierta la razón? ¿Cómo se explica esto? Quizá debemos mirar una vez más la historia. Es verdad lo que Jesús ha dicho, lo que se puede observar en todos los siglos. Sin embargo, hay una “especie” de pequeños que también son doctos. Al pie de la cruz está la Virgen María, la humilde esclava de Dios y la gran mujer iluminada por Dios. Y también está Juan, pescador del lago de Galilea, pero es el Juan que la Iglesia con razón denominará “el teólogo”, porque realmente supo ver el misterio de Dios y anunciarlo: con ojo de águila entró en la luz inaccesible del misterio divino. Así, también después de su resurrección, el Señor, en el camino de Damasco, toca el corazón de Saulo, que es uno de los doctos que no ven. Él mismo, en la primera carta a Timoteo, se define “ignorante” en ese tiempo, a pesar de su ciencia. Pero el Resucitado lo toca: se queda ciego y, al mismo tiempo, se convierte realmente en vidente, comienza a ver. El gran docto se hace pequeño y precisamente por eso ve la necedad de Dios que es sabiduría, sabiduría que supera todas las sabidurías humanas. “

Mensaje del Papa para la Cuaresma 2010

febrero 5, 2010

Con ocasión de la Cuaresma de este año, Benedicto XVI nos propone sus palabras para vivir este tiempo con fe y justicia.
A continuación, el inicio del Mensaje. En la columna de la derecha, en el enlace “Páginas” puede encontrar el mensaje completo.

“Queridos hermanos y hermanas:
Cada año, con ocasión de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas. Este año quiero proponeros algunas reflexiones sobre el vasto tema de la justicia, partiendo de la afirmación paulina: «La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo» (cf. Rm 3,21-22).
Justicia: “dare cuique suum”
Me detengo, en primer lugar, en el significado de la palabra “justicia”, que en el lenguaje común implica “dar a cada uno lo suyo” – “dare cuique suum”, según la famosa expresión de Ulpiano, un jurista romano del siglo III. Sin embargo, esta clásica definición no aclara en realidad en qué consiste “lo suyo” que hay que asegurar a cada uno. Aquello de lo que el hombre tiene más necesidad no se le puede garantizar por ley. Para gozar de una existencia en plenitud, necesita algo más íntimo que se le puede conceder sólo gratuitamente: podríamos decir que el hombre vive del amor que sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle. Los bienes materiales ciertamente son útiles y necesarios (es más, Jesús mismo se preocupó de curar a los enfermos, de dar de comer a la multitud que lo seguía y sin duda condena la indiferencia que también hoy provoca la muerte de centenares de millones de seres humanos por falta de alimentos, de agua y de medicinas), pero la justicia “distributiva” no proporciona al ser humano todo “lo suyo” que le corresponde. Este, además del pan y más que el pan, necesita a Dios. Observa san Agustín: si “la justicia es la virtud que distribuye a cada uno lo suyo… no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero Dios” (De Civitate Dei, XIX, 21)”. (continúa)

Angelus del Papa: La esencia de Dios y el sentido de la historia es el Amor

febrero 1, 2010

Benedicto XVI calificó hoy en el rezo del Ángelus al himno al amor de San Pablo, en 1 Cor 12, como “una de las páginas más hermosas del Nuevo Testamento y de toda la Biblia”.
“El “camino” de la perfección no consiste en tener cualidades excepcionales: hablar idiomas nuevos, conocer todos los misterios, tener una fe prodigiosa o realizar gestos heroicos.  Consiste, por el contrario, en la caridad (ágape), es decir, en el amor auténtico, que Dios nos ha revelado en Jesucristo.
Como dice San Pablo en su himno, la caridad es el don ‘más grande’, que da valor a todos los demás, y sin embargo ‘no hace alarde, no se envanece’, es más, ‘se regocija con la verdad’ y con el bien del otro”.
Quien ama verdaderamente ‘no busca su propio interés’, ‘no tiene en cuenta el mal recibido’, ‘todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta’. Al final, cuando nos encontraremos cara a cara con Dios, todos los demás dones desfallecerán; el único que permanecerá para siempre será la caridad, pues Dios es amor y nosotros seremos semejantes a Él, en comunión perfecta con Él.
El amor es la esencia del mismo Dios, es el sentido de la creación y de la historia, es la luz que da bondad y belleza a la existencia de cada hombre”.

Don Bosco: Amor a María Auxiliadora, amor a la Iglesia y al Papa

enero 31, 2010

Para recordar este 31 de Enero, publicamos un fragamento de la Homilía de monseñor Néstor Hugo Navarro, obispo del Alto Valle del Río Negro, al recibir las reliquias de San Juan Bosco, el 4 de agosto de 2009. 
“San Juan Bosco forma ya parte de los bienaventurados del cielo. Si nos preguntáramos cómo llegó a la santidad, tendríamos simplemente que reconocer que vivió su vida en el amor a Jesús y a la Iglesia y en el servicio al prójimo, de un modo particular entre los niños, adolescentes y jóvenes más despojados y abandonados. Fue un verdadero “padre y maestro de los jóvenes”, como se lo ha llamado y se lo llama. Su vida de amor tan práctica y llena de afecto, de ternura, de alegría, de compasión, ha sido un triunfo formidable que durará eternamente. Dios le ha dado una respuesta definitiva y feliz a su entrega y a su amor.
Sí, Don Bosco nos ha enseñado el camino a la santidad. Nos reveló con su fe y con sus obras, su gran amor a la Iglesia y al Papa dentro de ella. Amaba a la Iglesia porque sabía que era la única depositaria de las verdades y de los medios de salvación. Su amor filial a la Virgen, a su “María Auxiliadora”: en sus manos de Madre puso su vida personal, su congregación, sus jóvenes, y enseñó a abandonarse confiadamente a su cariño y protección maternal. Su devoción a la Eucaristía a la que consideraba como el gran medio para aspirar a la perfección. La Palabra de Dios era el otro pan cotidiano para Don Bosco. La importancia que le daba al sacramento de la reconciliación. Hasta el final de su vida, fue un gran e incansable confesor de los jóvenes. Era un profundo hombre de oración. Desde la oración sacaba las fuerzas para su ministerio ejercido sobre todo en las obras de caridad que inspiraba y ejercía. Su confianza en Dios era tan grande, que sus obras parecían surgir desde la nada…
Cada santo nos enseña con su vida el significado último de la existencia humana: el fin no es la nada ni la desesperación, sino el amor de Dios. En Don Bosco reconocemos lo que Dios ha querido para cada hombre, aquello a lo que El nos ha destinado: a vivir en su presencia contemplándolo “cara a cara” (1 Cor. 13,12). También para nosotros es válido este sueño de Dios y es realizable, a condición que nos entreguemos a Jesús como hizo Don Bosco, para dejar que el Señor llene nuestra vida de fe, esperanza y caridad.
Pidamos a San Juan Bosco que interceda por cada uno de nosotros ante el Señor, para que nos conceda el don de entender el camino de las bienaventuranzas, creer en ellas y practicarlas, “para ser perfectos como el Padre”.. Pidamos ser mejores discípulos misioneros. Pidamos atender a los jóvenes con la mirada de Don Bosco, convencido que todo joven, por estropeado que parezca, si se lo ama verdaderamente es capaz de cambiar y construirse como persona. Que lleguemos a ser, como él decía, buenos cristianos y honestos ciudadanos. Pidamos que prospere en vocaciones y santidad nuestra Diócesis, la Congregación salesiana y la evangelización y promoción de la gente de su soñada patagonia.
Que María Auxiliadora nos proteja con su amor maternal y nos ayude a poner en práctica todo lo que Jesús nos pide. En sus manos de Madre ponemos nuestras vidas, nuestras familias, nuestras comunidades cristianas.”

Visita del Papa a la Sinagoga de Roma

enero 23, 2010

El 17 de Enero el Papa Benedicto XVI visitó la Sinagoga de Roma, recordando la visita que Juan Pablo II había realizado en 1986. En la historia de la Iglesia se produjeron en total cuatro visitas a sinagogas por parte de los Papas, siendo las otras dos las visitas que el mismo Benedicto XVI realizó en Colonia (Alemania) y en Nueva York.
En esta ocasión, el Papa invitó a profundizar el camino del diálogo que poco a poco va dando frutos, sobrellevando la corriente adversa de cierta prensa que sólo busca enfrentamientos y críticas. El Papa recordó, en un gesto que revela su obediencia a la Iglesia, el gesto de perdón y reconciliación que ofreció Juan Pablo II en el Jubileo del 2000 hacia el pueblo judío.
Para su lectura, extraemos algunos párrafos de esa búsqueda de raíces comunes y de fraternidad que el Papa propone y sostiene para el mutuo entendimiento y fe en el mismo Dios.

“El Decálogo, las “Diez Palabras” o Diez Mandamientos (Cf. Éxodo 20,1-17; Deuteronomio 5,1-21), que procede de la Torá de Moisés, constituye la antorcha de la ética, de la esperanza y del diálogo, al estrella polar de la fe y de la moral del pueblo de Dios, e ilumina y guía también el camino de los cristianos. Constituye un faro y una norma de vida en la justicia y en el amor, un “gran código” ético para toda la humanidad. Las “Diez Palabras” iluminan el bien y el mal, lo verdadero y lo falso, lo justo y lo injusto, según los criterios de la conciencia recta de toda persona. Jesús mismo lo ha repetido en varias ocasiones, subrayando que es necesario un compromiso concreto siguiendo el camino de los Mandamientos: “si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mateo 19,17). Desde esta perspectiva, hay varios campos de colaboración y testimonio. Quisiera recordar tres particularmente importantes para nuestro tiempo.
Las “Diez Palabras” piden reconocer al único Señor, superando la tentación de adoptar otros ídolos, de construirse becerros de oro. En nuestro mundo, muchos no conocen a Dios o consideran que es superfluo, que no tiene relevancia para la vida; se han fabricado, de este modo, otros dioses nuevos ante los que se inclina el hombre. Despertar en nuestra sociedad la apertura a la dimensión trascendente, dar testimonio del único Dios es un servicio precioso que judíos y cristianos pueden ofrecer juntos.
Las “Diez Palabras” piden respeto, protección de la vida, contra toda injusticia y abuso, reconociendo el valor de toda persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios. ¡Cuántas veces, en todas las partes de la tierra, cercanas o alejadas, siguen pisoteándose la dignidad, la libertad, los derechos del ser humano! Dar testimonio juntos del valor supremo de la vida contra todo egoísmo es ofrecer una importante contribución para un mundo en el que reine la justicia y la paz, el “shalom” deseado por los legisladores, los profetas y los sabios de Israel.
Las “Diez Palabras” exigen conservar y promover la santidad de la familia, cuyo “sí” personal y recíproco, fiel y definitivo del hombre y de la mujer, abre el espacio al futuro, a la auténtica humanidad de cada uno, y se abre, al mismo tiempo, al don de una nueva vida. Testimoniar que la familia sigue siendo la célula esencial de la sociedad y el contexto básico en el que se aprenden y ejercen las virtudes humanas es un servicio precioso que hay que ofrecer a la construcción de un rostro más humano.”

Santa Inés: “Cristo no se olvida de los suyos, no los abandona”

enero 21, 2010

El 21 de Enero la Iglesia celebra a Santa Inés, virgen y mártir. Esta niña fue martirizada al inicio del siglo IV por el Emperador Romano por no renegar de su fe.
San Ambrosio, contemporáneo de Inés, compuso una de sus obras sobre la virginidad, la que comienza con un elogio a la santa.
Compartimos una oración que resume el amor entregado a Cristo con la propia vida.

“Nosotros todo lo tenemos en Cristo; todo es Cristo para nosotros. Que a Él se acequen todas las almas, la que enferma por los pecados corporales y la que está como clavada por los deseos del mundo; la que es aún imperfecta, pero que ya camina gracias a la oración; y la que ya se ha hecho perfecta por sus muchas virtudes. Todas las almas están en poder del Señor, y Cristo es todo para nosotros. Si quieres curar tus heridas, El es medico. Si estas ardiendo de fiebre, El es manantial. Si estas oprimido por la iniquidad, El es la justicia. Si tienes necesidad de ayuda, El es el vigor. Si temes la muerte, El es la vida. Si deseas el cielo, El es el camino. Si escapas de las tinieblas, El es la luz. Si buscas comida, El es el alimento. Por eso, “gustad y ved qué bueno es el Señor; bienaventurado el que se refugia en Él”.
Para que en todos sus sentimientos y en todas sus acciones Cristo resplandezca, a Cristo mire, de Cristo hable.”


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